Estaba contento, estaba cumpliendo con mi trabajo de la
mejor manera posible, ya tenía las herramientas necesarias para llevar a cabo
mis funciones.
Gas, represión,
gritos clamando libertad, nada que no hubiera pasado durante los casi 90 días
anteriores donde pateamos el asfalto en resistencia.
Estaba contento.
Con el mismo temor pero con el mismo temple nos mantuvimos
al frente pero ese día algo falló. Una
de esas listas de las estadísticas de la dictadura incluyó mi nombre en ellas.
Todo fue muy fugaz, de repente mi cabeza perdió el control.
La rabia, la impotencia y el miedo se apoderaron de mi al ver con cuanta
indiferencia la gente se comportaba mientras a mi compañero y a mi nos montaban
en una patrulla. Ni un grito de auxilio, ni un valiente que diera el paso y se
les enfrentara. Por un momento dudé si valía la pena todo lo que he venido
luchando a través de estos años. Si, ahora que recuerdo eso fue lo primero que
pensé, debo confesarlo. Nunca lo había contado así.
En la patrulla perdí el control. Mi cuerpo reaccionó con el
llanto, como niño lloré, nunca me sentí tan indefenso y como buen niño quería a
mi mamá…. Fue lo que me vino a la cabeza. Mi mamá. ¿Y ahora? Cómo mi mamá va a
asimilar que voy preso y quien sabe por cuánto tiempo. Mi mamá con todas las
cargas que ya tiene encima, vengo a darle el peor dolor de cabeza de su vida. Y
otra vez dudé si valía la pena lo que había hecho durante todo este tiempo. Es
increíble la capacidad de esta tiranía para saber cómo quebrarte moralmente
para que te detengas y te rindas ante ella.
Era solo el comienzo de una tarde que sería eterna. De aquí
para allá, de allá para acá, casi no recuerdo en qué lugar estuve primero o
cuanto tiempo estuve allí, tampoco me importó mucho el cómo salí en la foto de
la reseña policial con un cartel en mano donde se me acusaba de “Alteración del
orden público”, No entendía porque me quitaban las trenzas de los zapatos y la
correa y me mantenían esposado, luego recordé que para ellos era (y aun hoy
sigo siendo) un delincuente.
“Esta vez no me salvé” pensé. No hubo milagros ni angelitos
salvadores, ni alguien con la compasión suficiente como para “dejarnos ir y ya”
pude ver la cruda realidad de frente, y tuve miedo, si, tuve miedo de que me
torturaran, de que me mataran, de que me desaparecieran, pero había otro gran
temor allí presente: La salud de mi mamá, cómo tomaría las cosas. Ya a esas alturas de la tarde sentía que si bien tenía
miedo a tantas cosas, pensé en poder soportarlas, pero pensaba en el dolor que eso
le podría causar a mamá.
Conservaba mi celular en el bolsillo y no paraba de sonar,
no era capaz de sacarlo. Hasta que se lo di a los policías, o mejor dicho, me
lo quitaron. Atendieron el teléfono, dijeron que estaba secuestrado, ya mi
hermano se había enterado de lo que me había sucedió, o al menos tenía una
noción. Si mi mamá sabía o no, no estaba seguro, al menos alguien en mi familia
estaba medio al tanto de la situación.
Al final de la tarde ya tenía un abogado que no sabía de
dónde había salido, no sabía si era el foro penal o de donde había salido o si
nos los habían asignado, la verdad nunca supe cómo eran los procesos
judiciales, yo solo quería salir lo más pronto posible de allí.
Llegó la comida pero mi apetito era inexistente, mi mente
estaba afuera, pensaba en mi mamá, en mi papá, en si ya sabían de mi, o dónde
estaba yo en realidad. Luego supe que si, por cinco minutos pude ver a mamá,
por fuera era un roble, pero yo sabía que por dentro estaba derrumbada. Lloré,
volví a ser un niño, así como los que lloran el primer día de escuela cuando
mami se va, así lloré, solo quería salir de allí. “Estarás y resistirás el
tiempo que sea necesario, hijo” fueron sus palabras. Luego me abrazó.
Siempre me había prometido a mi mismo regresar a casa luego
de cada protesta, esa noche del 28 de junio de 2017 sentí que me fallaba a mi mismo.

Gracias a dios valiente guerrero estas sano y salvo..... Eres un luchador, y no me imagino todo lo que tuviste que vivir
ResponderEliminar