sábado, 30 de junio de 2018

El día que no regresé a casa



Estaba contento, estaba cumpliendo con mi trabajo de la mejor manera posible, ya tenía las herramientas necesarias para llevar a cabo mis funciones.

Gas, represión, gritos clamando libertad, nada que no hubiera pasado durante los casi 90 días anteriores donde pateamos el asfalto en resistencia.

Estaba contento.

Con el mismo temor pero con el mismo temple nos mantuvimos al frente  pero ese día algo falló. Una de esas listas de las estadísticas de la dictadura incluyó mi nombre en ellas.
Todo fue muy fugaz, de repente mi cabeza perdió el control. La rabia, la impotencia y el miedo se apoderaron de mi al ver con cuanta indiferencia la gente se comportaba mientras a mi compañero y a mi nos montaban en una patrulla. Ni un grito de auxilio, ni un valiente que diera el paso y se les enfrentara. Por un momento dudé si valía la pena todo lo que he venido luchando a través de estos años. Si, ahora que recuerdo eso fue lo primero que pensé, debo confesarlo. Nunca lo había contado así.

En la patrulla perdí el control. Mi cuerpo reaccionó con el llanto, como niño lloré, nunca me sentí tan indefenso y como buen niño quería a mi mamá…. Fue lo que me vino a la cabeza. Mi mamá. ¿Y ahora? Cómo mi mamá va a asimilar que voy preso y quien sabe por cuánto tiempo. Mi mamá con todas las cargas que ya tiene encima, vengo a darle el peor dolor de cabeza de su vida. Y otra vez dudé si valía la pena lo que había hecho durante todo este tiempo. Es increíble la capacidad de esta tiranía para saber cómo quebrarte moralmente para que te detengas y te rindas ante ella.

Era solo el comienzo de una tarde que sería eterna. De aquí para allá, de allá para acá, casi no recuerdo en qué lugar estuve primero o cuanto tiempo estuve allí, tampoco me importó mucho el cómo salí en la foto de la reseña policial con un cartel en mano donde se me acusaba de “Alteración del orden público”, No entendía porque me quitaban las trenzas de los zapatos y la correa y me mantenían esposado, luego recordé que para ellos era (y aun hoy sigo siendo) un delincuente.

“Esta vez no me salvé” pensé. No hubo milagros ni angelitos salvadores, ni alguien con la compasión suficiente como para “dejarnos ir y ya” pude ver la cruda realidad de frente, y tuve miedo, si, tuve miedo de que me torturaran, de que me mataran, de que me desaparecieran, pero había otro gran temor allí presente: La salud de mi mamá, cómo tomaría las cosas. Ya a  esas alturas de la tarde sentía que si bien tenía miedo a tantas cosas, pensé en poder soportarlas, pero pensaba en el dolor que eso le podría causar a mamá.

Conservaba mi celular en el bolsillo y no paraba de sonar, no era capaz de sacarlo. Hasta que se lo di a los policías, o mejor dicho, me lo quitaron. Atendieron el teléfono, dijeron que estaba secuestrado, ya mi hermano se había enterado de lo que me había sucedió, o al menos tenía una noción. Si mi mamá sabía o no, no estaba seguro, al menos alguien en mi familia estaba medio al tanto de la situación.

Al final de la tarde ya tenía un abogado que no sabía de dónde había salido, no sabía si era el foro penal o de donde había salido o si nos los habían asignado, la verdad nunca supe cómo eran los procesos judiciales, yo solo quería salir lo más pronto posible de allí.

Llegó la comida pero mi apetito era inexistente, mi mente estaba afuera, pensaba en mi mamá, en mi papá, en si ya sabían de mi, o dónde estaba yo en realidad. Luego supe que si, por cinco minutos pude ver a mamá, por fuera era un roble, pero yo sabía que por dentro estaba derrumbada. Lloré, volví a ser un niño, así como los que lloran el primer día de escuela cuando mami se va, así lloré, solo quería salir de allí. “Estarás y resistirás el tiempo que sea necesario, hijo” fueron sus palabras. Luego me abrazó.

Siempre me había prometido a mi mismo regresar a casa luego de cada protesta, esa noche del 28 de junio de 2017 sentí que me fallaba a mi mismo.

miércoles, 21 de febrero de 2018

Ella.

Piel canela y sonrisa de niña
cuerpo delgado y cabello como el onix
inocente y audaz
valiente e inocente.
Así es ella.
Y de día, corre, salta, se esconde
y registra la guerra, y registra la paz a través de sus ojos
Y cuando la luna se hace presente termina el caos
 Entonces comienza la fiesta, las luces se apagan
y su sonrisa ilumina la pista mientras ella baila.
Su cuerpo delgado se mueve con cadencia
y mis ojos no dejan de mirarla seducidos por su baile.
Ella, la única capaz de despertarme sentimientos profanos.
Dulce de voz de niña en cuerpo de mujer
inocencia y malicia brillan en sus ojos negros
imposible no desearla aunque sea imposible poder poseer.
Ella, radiante como un sol... un sol moreno con cabellos rizados
Ella, la que me tiene enamorado.


martes, 20 de febrero de 2018

Clandestino

Entre sonrisas, música y vino conocieron juntos la noche, el mar y la luna. Entre sonrisas, lagrimas y caos caminaron bajo el sol.
Construyeron recuerdos, construyeron caminos, construyeron sentimientos clandestinos y los ocultaron tras muros de sonrisas y recuerdos.
Cómplices guerrilleros, tras trincheras de un sueño de libertad.
Él le daba una copa, y él le respondía con un reto.
Y con la fuerza de cada grito en el día y a la velocidad de las luces nocturnas que viajan en la vía, sus corazones vibraron.
Se escondieron tras el vino, se escondieron tras amigos, se escondieron tras las voces de millones que caminaban con ellos sin saber.
¿Quién como él para hacerlo sonreír?
¿Quién como él para una nueva aventura vivir?
Osados, clandestinos, valientes. Amantes en el silencio de los gritos que clamaban libertad.
Sentimientos clandestinos que emanan mientras la noche les regala una luna desnuda que sonríe...
Pero los cuerpos gritan lo que las bocas callan y aunque del sol se podían ocultar, de la luna nunca se pudieron esconder.